jueves, 24 de septiembre de 2009

CURACION CUANTICA

Ascender hasta Machu Picchu, la ciudad fortificada de los incas, es toda una proeza. Primero hay que caminar por un pasadizo de 2 km en medio de los Andes; el oxígeno es escaso; te puedes marear. Pero por fin aparece la ciudad, entre nubes, majestuosa. Pero antes de llegar hasta sus paredes habrás de subir por una escalinata de 3.000 peldaños. Ése fue el último baluarte que no llegara a conquistar Pizarro en Perú en 1532. Es asombroso pensar que unos corredores a pie conectaban el Machu Picchu con cualquier otro pueblo del Imperio, algunos a más de 3.000 km. Eran mensajeros veloces con una capacidad de resistencia, por así decirlo, inhumana.
Es de esperar que las leyendas fueran ciertas y que los incas lograran poner a salvo su oro. (Pizarro, un hombre extraordinariamente codicioso, además de conquistador, fue a su vez asesinado por unos rivales envidiosos en 1541.)

Si establecemos una comparación entre el cerebro humano y la fortaleza del Machu Picchu, tendremos que suponer que dispone igualmente de mensajeros que comuniquen sus órdenes a los puestos fronterizos de su imperio, en este caso, por ejemplo, el dedo gordo del pie izquierdo. De hecho las rutas físicas son visibles. El sistema nervioso central recorre la columna vertebral, ramificándose de nuevo a ambos lados de cada vértebra. Estos nervios mayores se ramifican a su vez en millones de senderos diminutos que comunican con cada paradero del cuerpo. En el siglo XVI, los primeros anatomistas vieron y analizaron estos nervios mayores, pero el sistema nervioso seguía guardando sus secretos.

¿Quiénes eran los mensajeros que llevaban mensajes desde y hacia el cerebro?

Se ha venido difundiendo una hipótesis, equivocada, según la cual los nervios operan eléctricamente, como un sistema telegráfico; hasta hace quince años ésa era la visión que nos ofrecía la bibliografía médica. En los años sesenta, se realizaron unos descubrimientos fundamentales centrados en una nueva clase de sustancias químicas infinitesimales llamadas neurotransmisores. El término hace hincapié en que son, ante todo, unas sustancias químicas que transmiten impulsos nerviosos; actúan en el cuerpo como «moléculas comunicadoras» permitiendo así a las neuronas del cerebro
comunicarse con el resto del cuerpo.

Los neurotransmisores son mensajeros que parten del cerebro y regresan hacia él, comunicando a cada órgano del interior del cuerpo cuáles son nuestras emociones, nuestros deseos, memorias, intuiciones y sueños. Ninguno de estos acontecimientos queda confinado en el universo cerebral. Asimismo, ninguno es estrictamente mental, ya que pueden codificarse en mensajes químicos. Los neurotransmisores influyen en la vida de cualquier célula. Cuando un pensamiento desea partir, estas sustancias químicas han de ponerse en movimiento, pues si no fuera por ellas no existirían tales pensamientos.

Pensar supone desencadenar nuevas reacciones químicas cerebrales que provocan una cascada de respuestas en el organismo. Ya vimos anteriormente que la inteligencia, o sea la «destreza», controla la fisiología; los neurotransmisores le proporcionan la base material que le es necesaria.

El presente capítulo va de neurotransmisores. Tema primordial. De hecho, ningún acontecimiento de la biomedicina reciente ha sido tan revolucionario como este descubrimiento.La presencia de los neurotransmisores en la escena del cuerpo hace que la interacción entre la mente y la materia sea mucho más fluida y móvil de lo que era; el cuerpo vuelve a parecerse más a un río y menos a una escultura. Además, estos mensajeros permiten llenar el vacío que separa la mente y el cuerpo, y acabar así con uno de los misterios más enigmáticos del ser humano desde que éste se plantea y considera seriamente su propia existencia...

¿Qué tipos de mensajes intercambian las células nerviosas?

No es fácil contestar esta pregunta, pues si bien es cierto que algunos segmentos de nuestro vocabulario químico parecen ser tan específicos y claros como lo es nuestro propio vocabulario, otros en cambio son sumamente ambiguos. Nuestra resistencia ante el dolor, al igual que la del camello, depende de unas sustancias bioquímicas descubiertas en los años setenta, las endorfinas y enquefalinas, que actúan como analgésicos naturales del cuerpo. La palabra endorfina significa «morfina interior» y enquefalina significa «dentro del cerebro». Y esto es lo que son: versiones de la morfina producidas en el interior de la cabeza.

Esta capacidad hasta entonces desconocida del cuerpo para producir narcóticos internos ha sido un nuevo y entusiasmante aliciente para la investigación. Ya sospechábamos antes que el cuerpo había de ser capaz de regular la sensación de dolor. Aunque fuera insistente, el dolor no sólo es registrado por nuestro entendimiento; las emociones fuertes pueden provocar señales de dolor en el cuerpo, por ejemplo, en el caso de una madre que se precipita en una casa en llamas para salvar a su niño, o cuando un soldado herido sigue luchando, olvidándose de las heridas. Incluso en circunstancias normales, todos nosotros, hasta cierto punto, podemos apartar la atención de un dolor menor; no notamos una garganta dolorida si estamos hablando con alguien poniendo mucho interés en ello.
* escrito por SIGRID

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